miércoles, 16 de agosto de 2017

Los cuentos clásicos

 son parte de nuestra cultura, ya que enseñan lecciones y consejos a los más pequeños desde hace siglos.

Caperucita roja

ADAPTACIÓN DEL CUENTO DE CHARLES PERRAULT
Érase una vez una preciosa niña que siempre llevaba una capa roja con capucha para protegerse del frío. Por eso, todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.
Caperucita vivía en una casita cerca del bosque. Un día, la mamá de  Caperucita le dijo:
– Hija mía, tu abuelita está enferma. He preparado una cestita con tortas y un tarrito de miel para que se la lleves ¡Ya verás qué contenta se pone!
– ¡Estupendo, mamá! Yo también tengo muchas ganas de ir a visitarla – dijo Caperucita saltando de alegría.
Cuando Caperucita se disponía  a salir de casa, su mamá, con gesto un poco serio, le hizo una advertencia:
– Ten mucho cuidado, cariño. No te entretengas con nada y no hables con extraños. Sabes que en el bosque vive el lobo y es muy peligroso. Si ves que aparece, sigue tu camino sin detenerte.
– No te preocupes, mamita – dijo la niña- Tendré en cuenta todo lo que me dices.
– Está bien – contestó la mamá, confiada – Dame un besito y no tardes en regresar.
– Así lo haré, mamá – afirmó de nuevo Caperucita diciendo adiós con su manita mientras se alejaba.
Cuando llegó al bosque, la pequeña comenzó a distraerse contemplando los pajaritos y recogiendo flores. No se dio cuenta de que alguien la observaba detrás de un viejo y frondoso árbol. De repente, oyó una voz dulce y zalamera.
– ¿A dónde vas, Caperucita?
La niña, dando un respingo, se giró y vio que quien le hablaba era un enorme lobo.
– Voy a casa de mi abuelita, al otro lado del bosque. Está enferma y le llevo una deliciosa merienda y unas flores para alegrarle el día.
– ¡Oh, eso es estupendo! – dijo el astuto lobo – Yo también vivo por allí. Te echo una carrera a ver quién llega antes. Cada uno iremos por un camino diferente ¿te parece bien?
La inocente niña pensó que era una idea divertida y asintió con la cabeza. No sabía que el lobo había elegido el camino más corto para llegar primero a su destino. Cuando el animal  llegó a casa de la abuela, llamó a la puerta.
– ¿Quién es? – gritó la mujer.
– Soy yo, abuelita, tu querida nieta Caperucita. Ábreme la puerta – dijo el lobo imitando la voz de la niña.
– Pasa, querida mía. La puerta está abierta – contestó la abuela.
El malvado lobo entró en la casa y sin pensárselo dos veces, saltó sobre la cama y se comió a la anciana. Después, se puso su camisón y su gorrito de dormir y se metió entre las sábanas esperando a que llegara la niña. Al rato, se oyeron unos golpes.
– ¿Quién llama? – dijo el lobo forzando la voz como si fuera la abuelita.
– Soy yo, Caperucita. Vengo a hacerte una visita y a traerte unos ricos dulces para merendar.
– Pasa, querida, estoy deseando abrazarte – dijo el lobo malvado relamiéndose.
La habitación estaba en penumbra. Cuando se acercó a la cama, a Caperucita le pareció que su abuela estaba muy cambiada. Extrañada, le dijo:
– Abuelita, abuelita ¡qué ojos tan grandes tienes!
– Son para verte mejor, preciosa mía – contestó el lobo, suavizando la voz.
– Abuelita, abuelita ¡qué orejas tan grandes tienes!
– Son para oírte mejor, querida.
– Pero… abuelita, abuelita ¡qué boca tan grande tienes!
– ¡Es para comerte mejor! – gritó el lobo dando un enorme salto y comiéndose a la niña de un bocado.
Con la barriga llena después de tanta comida, al lobo le entró sueño. Salió de la casa, se tumbó en el jardín y cayó profundamente dormido. El fuerte sonido de sus ronquidos llamó la atención de un cazador que pasaba por allí. El hombre se acercó y vio que el animal tenía la panza muy hinchada, demasiado para ser un lobo. Sospechando que pasaba algo extraño, cogió un cuchillo y le rajó la tripa ¡Se llevó una gran sorpresa cuando vio que de ella salieron sanas y salvas la abuela y la niña!
Después de liberarlas, el cazador cosió la barriga del lobo y esperaron un rato a que el animal se despertara. Cuando por fin abrió los ojos, vio como los tres le rodeaban y escuchó la profunda y amenazante voz del cazador que le gritaba enfurecido:
– ¡Lárgate, lobo malvado! ¡No te queremos en este bosque! ¡Como vuelva a verte por aquí, no volverás a contarlo!
El lobo, aterrado, puso pies en polvorosa y salió despavorido.
Caperucita y su abuelita, con lágrimas cayendo sobre sus mejillas, se abrazaron. El susto había pasado y la niña había aprendido una importante lección: nunca más desobedecería a su mamá ni se fiaría de extraños.

domingo, 6 de agosto de 2017

Mitos y leyendas para niños


Los mitos y leyendas de las diversas culturas son una fuente inmensa de historias, relatos y aventuras.

La piel del cocodrilo

En África, hace cientos de años, los cocodrilos tenían la piel suave y de color oro. Cuenta la leyenda que uno de esos cocodrilos, que vivía en Namibia, durante el día solía permanecer oculto en el lago en que había nacido, disfrutando del frescor que le proporcionaba el agua.
Como los demás cocodrilos, adoraba retozar en el fondo lleno de barro, pues el sol en África era demasiado intenso como para salir a la superficie. Las noches, en cambio, eran frías y el cocodrilo aprovechaba para descansar en tierra firme.
La luz de la luna se reflejaba en su bella y dorada piel y lo iluminaba todo. Los animales nocturnos, como los murciélagos, las lechuzas y algunos felinos, se acercaban cada noche para contemplar semejante belleza ¡Nunca habían visto un animal tan espectacular!
El cocodrilo se sentía muy orgulloso. Causaba tanta admiración entre los demás animales que decidió que de día también saldría del lago a pavonearse un poco. Si su piel era como una linterna en la oscuridad, durante el día brillaría casi tanto como el mismo sol.
Y así fue como cada mañana, el vanidoso cocodrilo empezó a salir de las aguas embarradas y a dejarse ver ante los ojos atónitos de los animales que hacían un corro en torno a él para admirarle.
– ¡Qué maravilla de piel! – comentaban unos.
– ¡Ningún animal brilla como este cocodrilo! ¡Fijaos cómo deslumbra! – decían otros, haciendo aspavientos y poniendo sus patas a modo de visera sobre los párpados para que el fulgor del cocodrilo no les cegara.
Pero algo terrible sucedió… El calor del sol era tan intenso en África que, a medida que pasaron los días, fue secando la increíble piel del cocodrilo y ésta dejó de relucir. Su brillo se apagó y el color dorado se fue transformando en una armadura seca cubierta de escamas duras y oscuras ¡El cocodrilo había perdido toda su belleza! Entre los animales ya sólo se escuchaban críticas.
– ¡Pero qué feo se ha vuelto el cocodrilo! ¡Su hermosa piel es ahora una coraza rugosa y gris!
Los animales dejaron de arremolinarse junto a él pues se había convertido en un ser feo y de aspecto amenazante. El cocodrilo se sintió humillado y rechazado por todos. Consciente de su transformación, decidió que jamás volverían a burlarse de su nueva piel. Es por eso que desde entonces, sale menos a la superficie y si ve que se acerca alguien, se sumerge rápidamente en el agua y sólo asoma sus ojos.